No me da hambre.

Ya me aprendí la canción de Les jours tristes. Sabía que tenía letra y voz, aunque nunca me había atrevido a escucharla, bueno, ya me la aprendí y hasta te la puedo cantar.

No me encuentro.

Mi cuarto se ve limpio, impecable, todo en su lugar, ordenado, como debe ser. Acumulé toda una caja de puras copias. Toda una fortuna ahí dentro, considerando que cada copio debió haber costado 35 centavos. Esos dados gigantes son mi orgullo.

No soy yo.

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No soy un ente errante.

Me gusta lavar los trastes. Me relaja sentir el agua, la esponja, la espuma. No, no iré a tu casa a lavar los trastes.

No soy especial.

En estas vacaciones, ensayaré muy bien la guitarra. Quiero una laptop, me urge una laptop. Un piercing en la nuca. El mechón verde que desde hace rato quiero retocar. Leer 50 libros pendientes. Trabajar.

No tengo ganas ni voluntad.

Y es que el sábado ardí en fiebre. Y el corazón me latía fuerte y muy rápido. Hoy, sólo me duele la cabeza. He aprendido a vivir con el dolor de cabeza. Pienso que no debe ser migraña.

No debo nada a nadie, ni siquiera a mí misma.

Mi padre se quedó sin trabajo. ¡Ánimo, viejo!, no creo que con 60 años encima, aún no puedas conseguir uno nuevo y mejor.

No hay calma.





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